Recuerdo como me contabas el primer momento en que me viste. Caminabas hacia el hotel en que recibías el curso de entrada en nuestra empresa, y un contoneo, un elegante trasero te capturó. No le quitaste ojo durante todo el camino. “Hui! Si entraba en el mismo hotel. Ah! Va a entrar en el mismo ascensor! Oo..., Se da la media vuelta y me saluda”. Correspondes sonrojado y esquivas rápidamente la situación dirigiéndote a las escaleras. Siempre has sido un hombre seguro de ti mismo, y sin embargo aquello te descolocó. No hablamos durante el curso, porque yo si soy tímida e insegura bastante a menudo. Pero en el cocktail del último día, decidí que me presentaría a la gente con la que no había entablado relación alguna. Estabas con Carlos y Loli, y me presenté de sopetón preguntando cualquier cosa. El arrebato te sorprendió. Yo no recuerdo mucho más acerca de ti después de ese acontecimiento, salvo que un par de meses después, charlando en la sala de staff me pareciste muy divertido. Realmente amable.
Pero lo que más recuerdo es la noche de la cena de Navidad. Miguel se había empeñado en venir a buscarme con el coche, y resultó que después pasábamos a recogeros a ti y a Carlos. Al salir del coche descubrí la verbalización en mi cabeza de algo que me sorprendió. Mi mente había dicho “que bien estaría yo del brazo de ese chico” . Ups... que pensamiento tan extraño, pensé.
Y un par de meses después organicé una salida al cine. Te lo propuse, y como otros aceptaste. Ahora se que tu ya lo tenías claro, que ibas a por mi de la manera que tu sabes que se consiguen las cosas, con calma, persistencia, buena fe y saber hacer. Y lo hiciste tan bien que la primera vez que salimos, y por casualidad nos quedamos sólo, me entró un pánico absurdo. “No puede ser que este chico esté interesado por mi, me habrá mal interpretado..., mejor le dejo aquí mismo y me cojo un taxi”.
Pero las ocasiones de salir juntos empezaron a prodigarse, con Carlos, Miguel, Alberto, un grupo curioso.
Y cada vez me sentía más a gusto contigo. Aveces, cuando me ibas a dejar en casa, te invitaba a entrar, a seguir charlando, y sólo hablando, sobretodo yo (tu eres hombre de sentencias y pocas palabras), se nos pasaban la una, las dos, las cuatro, las cinco...y un día bajo la tenue luz de las velas, y el confort de la alfombra, me descubrí pensando lo feliz que me sentiría si tus brazos, esos brazos fuertes y suaves me abrazaran. O si esas manos, curtidas por una juventud de campo y trabajo duro, grandes y angulosas, me acariciaran. Y me asusté. Pero no te dije nada.
El verano se acercaba. Comenzaban las barbacoas en mi patio, las quedadas para jugar al mus o sólo charlar. Y llamas para decir que no vienes solo, que traes una amiga. Bien no problem. ¿No? ¿será su novia?, ¿me trae a su novia?. Pensaste que estaría bien para que yo viera que eras un hombre que interesaba a otras mujeres. Te pasó esto por la cabeza, lo se, pero luego se te olvidó, y ni te percatasde de lo nerviosa que estuve toda la noche. Me escapaba y os dejaba en el patio y me iba a contarle a Dany por teléfono lo nerviosa , lo confusa que estaba. ¿Pero que pasaba? ¿Porqué me importaba tanto que la hubieras traído? Dios, no podía estarme quieta. Y la mirada inquisidora de Carlos fija en mi mientras le daba conversación a Pilar, tu amiga. Él es perspicaz, astuto como una serpiente, y lo había descubierto antes que yo misma. Tu en cambio, te mantuviste como siempre, y ese fin de semana no me llamaste para quedar. Tu tan educado te dedicaste a pasearla, como buenos amigos.
Ese día fue definitivo. Por que ya no pude negarme la realidad, que me gustabas, que me gustaba estar contigo. Que quería pasar tiempo a tu lado. Y llegó el verano. Y se me olvidó por un tiempo, hasta que Jeremi me preguntó si había alguien en mi vida.
- “No, no hay nadie. Tengo muchos amigos. Bueno, hay uno muy especial, pero creo que no le gusto, sólo somos amigos.”
- “Has probado a invitarle a cenar, a la luz de las velas, con un buen vino...?
- “No lo he probado, eso es lo que hacemos cada vez que quedamos, pero yo no lo he hecho con esa intención, así trato a mi gente...
- “Bueno, entonces puede que esté más interesado en los hombres que en las mujeres.
- Puede ser, aunque no me da la pinta. Sólo somos amigos, y ya está, como con el resto de mis amigos. No pasa nada...
¿No pasa nada? Y luego me dice Zayda que me pasé el verano lamentándome de que sólo eras un amigo, como un hermano. ..
Aquel verano cambiaron tantas cosas en mi. A todos los niveles, pero sobretodo a un nivel profundo. Tuve evidencias personales de que Dios existe, de que quiere que seamos nosotros mismos, que vivamos intensamente, que descubramos nuestro interior. Y volví radiante. Entregándome decidida e integra a cada minuto que pasaba contigo. Tu ya empezabas a pensar que o te decidías, o se te iba de las manos, porque cuando se entra en el grupo de “amigos”, la relación de pareja se descarta, y tu no lo podías permitir.
Te invité a acompañarme al cumpleaños de Enrique. Bailamos, bebimos, lo pasamos en grande. Me viste bailar con Nacho, y aquello ya fue demasiado. Al volver a casa, yo tenía la cabeza volada, y empecé a divagar en lo que me sucedía. Que si yo estaré siempre soltera, que si tengo demasiado carácter y los hombres se asustan, que si se está mejor así, que si no, que si a mi me haría falta un hombre valiente y seguro de si mismo, capaz de llevarme la contraria, que si no, que si si, que un tipo militar. Que si no me hagas caso. Que si no te preocupes... Y tu preguntando primero, y luego insinuándome que mejor lo hablábamos en otro momento... Y lo dejamos, pero no por mucho tiempo. Tu ya estabas decidido, y no podías dejar pasar una oportunidad así. Tenías la excusa para sacar el tema, cubriéndote como buen militar la retaguardia.
- “Oye respecto de lo de ayer, que no seas tan dura contigo misma, a mi por ejemplo no me importaría intentarlo contigo...””- Ahora se reirá un poco, y amablemente me dirá que no gracias-“
- “Pues la verdad es que a mi tampoco me importaría intentarlo contigo”
- “- Eso si que no me lo esperaba...y ahora que la digo?-“
Y turbados los dos seguimos hablando de cualquier cosa. Al ratito...
- “ Bueno supongo que podríamos empezar por tocarnos las manos” Y tu me la tiendes, dejándote llevar.
- “ Siempre me ha parecido que tienes unas manos preciosas”
- “Tengo callos de varear los almendros...”
- “Aun así, son tan grandes y fuertes...tienen una forma perfecta”
Eran como tu, equilibradas, en armonía contigo.
Y seguimos hablando...
-“ Oye, te apetecería darme un abrazo?”
Yo siempre estoy con lo mismo. Pero los abrazos son algo tan especial... Uno siente la verdadera química de quien te abraza, y responde con la suya propia. No se puede mentir en un abrazo. Y yo había soñado con uno tuyo. Entonces supe que sí. Que eras tu, el hombre de mi vida. Ya te conocía, y no me habías engañado. Tu nunca engañaste a nadie. Eras tal cual se te veía. Un hombre de una pieza, limpio, sereno, tranquilo. Sin nada que esconder.
Cuanto tiempo ha pasado de aquello, y parece que fue ayer. Siempre nos ha gustado recordar juntos aquellos momentos. Declaraciones que compartíamos de lo que éramos, de lo que sentíamos. Lo saboreábamos cada vez que nos lo contábamos, como si fuéramos un par de ancianitos, hablando de su juventud, con la misma ternura que siempre nos rodeaba cuando estabamos juntos. La misma que me conmueve ahora al escribirlo.
Y no dejamos nunca de hablarnos, de compartir. Los días pasaban y comenzabas a quedarte y acostarte a mi lado, sólo por un ratito, que se convertía en horas, los dos dormidos en la calidez de nuestro aroma. Hasta que te armabas de valor y ya entrando la mañana, con la misma ropa con que te habías acostado, salías despacio de la habitación. No podía ser así, así es que te trajiste un traje, y luego otro, y finalmente vivías más conmigo que con tus compañeros de piso. No tardamos ni un mes en empezar a dormir juntos. Como si nos conociéramos hacía un hermoso siglo. Y llegó Navidad, y una divertida casualidad hizo que tu familia supiera de mi. Y no dudaste en decirles que me conocerían para Reyes. La casualidad, ¿recuerdas? Que tu amigo llegaba a Madrid para coger un avión hacia Inglaterra, y se quedó a dormir en casa. Tu le llevaste al aeropuerto la mañana siguiente, y al llegar al mostrador, la azafata os dijo que tu amigo tenía que pasar por comisaría. ¡Qué susto se llevó!. Se le había olvidado llamar a la tormenta de su madre, y ella movió cielo y tierra cuando descubrió que no estabais ninguno de los dos en la “supuesta casa de David”, y llamó a tus padres a las dos de la mañana y te puso de vuelta y media porque estabas con una pervertida, y estabas pervirtiendo a su hijo, que su hijo no era así. .. De modo que no hubo más remedio, pero no nos importó. Lo que nos reímos con la anécdota.
Me gustó tanto tu familia. En casa se respiraba amor, tranquilidad, buena fe. Lo habías bebido desde niño, y eras un ejemplo de todo ello. El vivo retrato de la nobleza de tu padre, con la calma, la testarudez y la mentalidad abierta de tu madre. Te venía en los genes el ser tan especial. Un ángel, no un ser de este mundo. Estaba muy tranquila. Desde la primera vez me sentasteis al lado de tu padre.
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